Hace ya varias horas que estoy
en este ómnibus que me lleva a Buenos Aires. La noche se mete por la
ventanilla. El fallido intento de dormir me dejó los ojos hinchados, la boca seca
y deseos de fumar. Bajo a la cabina de los conductores, tal vez allí pueda
encender un cigarrillo. El recibimiento es amable; son las dos de la madrugada
y uno de ellos dormita. Enciendo un cigarrillo y disfruto esa sensación de
desplazarse a alta velocidad sobre el asfalto negro, delimitado por brillantes
líneas amarillas y blancas. Estamos cruzando el desierto de La Pampa. Los faros
del vehículo apenas abren una brecha en la sólida oscuridad de la llanura. El
conductor me convida café, que acepto gozoso. Su nombre es Javier, vive en
Plaza Huincul y es hijo de un ex empleado de una ex empresa petrolera.
En Plaza Huincul, todo es “ex”.
Javier es muy gordo. Su cuerpo
sobresale de los límites de la gran butaca donde se apoltrona. Con sus manazas
mantiene suavemente pero con firmeza el inmenso volante que le roza el abdomen.
Tendrá unos treinta años. Ve a su novia muy de tanto en tanto. Su pasión no le
deja mucho tiempo libre; y su pasión es ésta: conducir a través del misterio de
la ruta.
—Desde muy chico soñaba con
manejar un camión —me dice. Su cara es la imagen de la felicidad.
No puedo evitar el envidiarlo un
poco.
Comienza a relatarme una
anécdota de alguno de sus viajes. Sobre el asfalto dos pupilas brillantes, la
silueta de un zorro, un sonido sordo apenas audible y la leve sensación de una
masa aplastada por las enormes ruedas.
Con una mueca de espanto, miro a
Javier. Él continúa relatando su historia.
Jorge
N. del Rio.
otoño de 2m4.
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