lunes, 28 de abril de 2014


 BUS

 

Hace ya varias horas que estoy en este ómnibus que me lleva a Buenos Aires. La noche se mete por la ventanilla. El fallido intento de dormir me dejó los ojos hinchados, la boca seca y deseos de fumar. Bajo a la cabina de los conductores, tal vez allí pueda encender un cigarrillo. El recibimiento es amable; son las dos de la madrugada y uno de ellos dormita. Enciendo un cigarrillo y disfruto esa sensación de desplazarse a alta velocidad sobre el asfalto negro, delimitado por brillantes líneas amarillas y blancas. Estamos cruzando el desierto de La Pampa. Los faros del vehículo apenas abren una brecha en la sólida oscuridad de la llanura. El conductor me convida café, que acepto gozoso. Su nombre es Javier, vive en Plaza Huincul y es hijo de un ex empleado de una ex empresa petrolera.

En Plaza Huincul, todo es “ex”.

Javier es muy gordo. Su cuerpo sobresale de los límites de la gran butaca donde se apoltrona. Con sus manazas mantiene suavemente pero con firmeza el inmenso volante que le roza el abdomen. Tendrá unos treinta años. Ve a su novia muy de tanto en tanto. Su pasión no le deja mucho tiempo libre; y su pasión es ésta: conducir a través del misterio de la ruta.

—Desde muy chico soñaba con manejar un camión —me dice. Su cara es la imagen de la felicidad.

No puedo evitar el envidiarlo un poco.

Comienza a relatarme una anécdota de alguno de sus viajes. Sobre el asfalto dos pupilas brillantes, la silueta de un zorro, un sonido sordo apenas audible y la leve sensación de una masa aplastada por las enormes ruedas.

Con una mueca de espanto, miro a Javier. Él continúa relatando su historia.

 

                                                                                       Jorge N. del Rio.

                                                                                    otoño de 2m4.

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