lunes, 9 de noviembre de 2015

 Pueblo de paso
 Lo recuerdo así. Simplemente con su nombre escrito en el bolsillo del bleizer azul, con un marcador de precios que imprimía las letras blancas sobre un fondo celeste. Al tiempo se ajaba, pero nadie notaba las ajaduras, y casi todos los muchachos  de la escuela lo lucíamos de igual manera. Así lo recuerdo, tratando de entrar al baño después de trasponer el largo pasillo sembrado de varones del último año, que pedían cigarrillos para garantizarte una meada segura sin complicaciones ni malos tratos. Simplemente un cigarrillo y pasabas saludando a los más grandes del colegio, ante la admiración de pares y demás compañeros.
El gordo de cuclillas en el retrete no evacuaba sino después de dejar su marca en la madera raída del cubil, Perón Vuelve, o la sigla del E.R.P dentro de la estrellita de cinco puntas. Uno podía adivinar, entre otros indicios, que el gordo había estado allí. El humo del cigarrillo, el olor del tabaco negro, su cuchillita rascando su paso a la posteridad en un anuncio tibiamente político y claramente rupestre.
La puerta de ese baño es el resquicio que estoy esperando. ¿Cómo escapar de todo eso que ya ocurrió? Que es como cambiar la historia. Que inútil me siento frente a esa puerta abierta que me invita al retrete del pasado.
Entro, él no me advierte. Me quedo viéndolo. ¡Qué desagradable lugar por donde entrar a la historia! Pero allí estoy tras sus espaldas casi descubiertas haciendo pie en el inodoro turco, por suerte está limpio, tal vez sea lunes en el recuerdo. El gordo escribe con un fibrón negro Más vale morir de pie que vivir de rodillas.  Es una frase del Che, hoy lo sé, y el Che me tira una sonrisa fresca desde el cuadrito en la pared por encima de mi pantalla. Pero no lo sabía entonces, en mi imagen, el gordo sí lo sabe.  Me río, el gordo no escucha mi risa, nos separan cuarenta años. Mi risa es estúpida, me río porque el gordo Sierra se presentó en la memoria casi arrodillado y escribiendo con el culo al aire. Salgo del cubil, él tampoco lo advierte. Teníamos quince años cuando lo vi, casi por última vez.
Mis padres se separaron, y nos vinimos al interior con mi madre y mi hermano bebé. Muchos de nosotros vivíamos caminando en el filo de una olla en ebullición, al irme fue como saltar fuera de la olla, para los que se quedaron fue como saltar hacia adentro. El gordo Sierra está muerto, yo peleo conmigo tratando de escribir.
Hay poco margen en el relato para los demás recuerdos, las mujeres, la política, la música, la familia. Pero igual quiero tomar notas de algunos destellos, que se acercan solos al mar inmenso de la hoja blanca de mi computadora.
Lucía. Una sonrisa asequible, una bella suavidad en sus manos y en su piel, que quedaron para siempre en mí. Qué buena información me había ganado con unos poemas escritos por encargo, no sé para quién. Tenía esa facilidad por entonces. Desde el balcón del patio me señalaban a una muchacha,  la observaba y le inventaba un mundo de palabras cursis que generalmente tenían un éxito asegurado para quién las enviaba. Esto ya se sabía entre los más cercanos compañeros, y no po-día divulgarse demasiado porque la fama tiene sus ventajas y sus riesgos. Alguien me pagó esta vez no con cigarrillos sino con la data de Lucía. Y esto resultaba una invitación para alternar tanta masturbación con algo más real que el esfuerzo de la imaginación, y la posibilidad de quedar ciego, como amenazaban los adultos al referirse al tema del onanismo adolescente.
Lucía estaba inventariada entre abetos, pinos y paraísos, del bosquecito de un barrio residencial al que se accedía caminando unas diez cuadras desde la escuela. Su entrega no tenía ningún interés material. Si encontraba en uno algo que le agradara su risa aparecía como un gesto de aceptación, era la primera puerta que se abría. La recuerdo con fidelidad como recuerdo mis rodillas que flaquearon de temor. Ella me tomó de la mano y habló varios minutos para cubrir el silencio de mi timidez.
-Así que sos poeta. Dijo, y hoy me parece que la escucho, sin esperar respuesta después de algunas cuadras de caminar en un monólogo autorreferencial, indiscreto y muy excitante. Mi mano solitaria transpiraba gotas que caían en la vereda, regando esa tarde acalorada de primavera. Los árboles frutales estaban florecidos, rosas y blancas las pequeñas florecillas de las copas, nos acompañaron hasta entrar en un barrio de calles circulares, con casas enormes rodeadas de ligustros. En los terrenos que no estaban edificados se veían angostos senderos que se perdían en montecitos frondosos que oscurecían la siesta. Prácticamente no había hablado nada, ni una palabra pude articular hasta que nos sentamos en un tronco.
—No me recitás una poesía. En un tono diferente su pedido se volvió un lugar seguro para mí. Y empecé con Martí sin esperar que lo conociera, y mucho menos que le gustase. Ella me hizo recordar unos versos que trataba de memorizar en esos días.
                        - Mi vida así se encamina/ al cielo limpia y serena/ Y tú me cargas mi pena/ Con tu paciencia divina./ Y porque mi cruel costumbre/ de echarme en ti te desvía/ de tu dichosa armonía/ y natural mansedumbre./ Porque mis penas arrojo/ sobre tu seno, y lo azotan/ y tu corriente alborotan,/ y acá lívido, allá rojo.
No esperé reacción alguna, más bien el mismo silencio que a mí me causaba el verso intrincado del cubano. Sin embargo una lágrima le recorrió la mejilla, yo acerqué mis dedos para secarla y luego probé su sabor salado. Ella tomó con sus dos manos mi mano, que se había quedado pegada sobre mis labios, y la llevó directamente hacia su pecho firme, y redondeado, sobre una camisa oscura de pequeños botoncitos que rápidamente desprendió mientras me miraba. Yo estiré mi saco azul sobre la hierba, en el espacio vacío entre un pino gigante y el tronco caído, en el que nos habíamos sentado. Me buscó la entrepierna con una mano pequeña de dedos largos, delgados, y tibios. Cuando solté mi cinturón y desabotoné mi pantalón de sarga gris, ella se quitó la bombacha y levantó su pollera de jean contra el vientre. Todo fue una invitación, sus brazos estirados, sus piernas entreabiertas apenas flexionadas; fue tan sencillo luego. Un lento jadear, y su voz muy cerca de mi oreja diciendo, quereme poeta, quereme siempre.
Por esos días tenía en el bolsillo un pequeño libro de tapas negras titulado Martí y la primera revolución cubana, era un compilado de cartas y poemas que se había editado en la isla. El gordo Sierra me lo había dado, mi madre lo descubrió tempranamente antes de que pueda terminar de leerlo y lo hizo desaparecer, lo exilió de mi vista, de mi alcance. No tuve noticias de él hasta bien pasada la adolescencia. Eran tiempos difíciles para las ideas, y en mi casa no se habían caracterizado por el compromiso político, ni por la lucha social.
Mi padre era el típico obrero de fábrica afiliado al gremio de los metalúrgicos, porque a nadie se le ocurría no estarlo, obviamente peronista. Cuando Perón volvió al país casi dos millones de personas fueron a esperarlo. Los sindicatos llevaban ómnibus cargados de obreros, literalmente levantados de las fábricas y de los talleres. El petizo y miles de trabajadores más, nunca llegaron  al aeropuerto, el sonido de los tiros de pistolas y ametralladoras  fue lo más cercano que estuvo de aquel suceso, de la manera que pudo llegar a casa casi un día después de una jornada obligada. Nos contó cómo lo subieron al colectivo sin preguntarle si quería ir a recibir al líder de las masas, y cómo se había escapado del puente antes de entrar en la autopista. Esta era su segunda gran hazaña por la cual siempre fue peronista. La primera era haber recibido de las propias manos de Eva, una pelota de fútbol número cinco,  siendo apenas un niño. El viejo todavía cuenta esta anécdota con los ojos cargados de lágrimas, con los años se le han agregado un temblor de pera y la voz entrecortada. No hace mucho tiempo volvió a repetir el relato para los nietos que aún no lo han escuchado más de dos o tres veces.
-Evita estaba hablando desde la ventanilla del ferrocarril, aquí cerca entre las dos estaciones. Mi viejo levanta el brazo y señala con el dedo el lugar exacto entre su memoria y el olvido,  el punto imaginario donde conoció a la mujer más importante de su vida y continúa su historia.
-Evita hablaba, y un hombre de traje negro detrás de ella le pasaba una a una las pelotas que entregaba a los niños, y yo no recibiría nada porque no llegaba ni al estribo del tren, ni me vería por mi tamaño, ni me escucharía por la gritería de la gente. Para esta altura de la narración, el recuerdo de mi viejo ya estaba humedecido por las lágrimas que cayeron sobre la mesa.
-Y vos petizo, no querés una pelota. Cuenta la anécdota que estas fueron las palabras de Eva que lo rebautizaron, y lo hicieron peronista para toda la vida.
Mi madre por el contrario tenía todos los gestos de la clase media, media gorila, media reaccionaria, media democrática. Arrastraba una vivencia contraria a la de mi padre, respecto del peronismo. Ella debió usar el luto obligatorio después de la muerte de Eva. Era escolta en sexto grado de la escuela primaria, y cuando falleció la abanderada de los humildes, le impusieron un crespón negro en la escarapela que se negó a usar. Por lo que  cuenta, su padre el gran Jerónimo, la respaldó en su decisión. No acompañó a la bandera, y el resentimiento le quedó hasta hoy. En mi niñez, después de alguna travesura que provocaba un reto de su parte, o una prohibición, o alguna forma de sanción yo respondía con un grito del otro lado de la mesa que la exasperaba.
Viva Perón!- A tan fuerte voz gritaba que antes de perseguirme corriendo, miraba por la ventana a ver si alguien había escuchado la palabra prohibida.
Viva Perón! — Yo volvía al ataque, hasta que se calmaba, se reía o me alcanzaba con un zapatillazo por el cuerpo. Decir Perón para ella era como decir un insulto. Y jamás lo hacía. Por otro lado el nombre del tirano abyecto, como lo llamaba la prensa reaccionaria, no podía decirse públicamente, especialmente durante los gobiernos militares de mi infancia.
Los levantamientos, las asonadas, los golpes militares se amontonan en mi memoria. En algún momento comencé  a  sentir en carne propia lo que nadie hablaba en mi casa.  Y si miro con detenimiento todavía puedo ver, entre las casas y edificios del barrio, aquel potrero como fragmentos del miedo silencioso de esos años. Y veo en el fondo del campito donde jugábamos todos los días con los chicos, allí, en el mismo lugar donde los más grandes nos convidaban cigarrillos y los más pequeños construían casamatas con ramas, ardía un fuego que producía un humo negro. El color gris plomo de ese humo se mezclaba con las plantas de caquis.
Junto al tronco caído que usábamos como banco estaba el profesor que vivía casa de por medio de la mía. Lo reconocí por la ropa de jean. Aunque estaba muy distinto sin la barba, lo reconocí inmediatamente. Antes, tenía la cara cubierta de pelos rulientos y muy negros. Pero entonces, daba la impresión de haber metido la cabeza en un balde con lavandina.
Mi papá decía que el que tiene pelos en la cara tiene pelos en el alma.
Resistí la tentación de correr hasta la fogarata, como decíamos en el barrio, pero a medida que cruzaba el potrero, me preguntaba si el profesor desearía compañía. Resolví rápidamente. Busqué un buen ángulo para observarlo y me senté junto al primer arco.
El hombre se acercaba de a ratos para alimentar el fuego con libros: libros gruesos y delgados, de tapas duras algunos. A todos los desgajaba como a naranjas y los sostenía de un extremo, hasta que tomaban llama propia. Entonces, los dejaba caer hasta el centro de la hoguera que tanto me atraía.
Tratando de dar respuesta al interrogante principal que me obligaba a quedarme allí, viendo a ese tipo que hacía fuego, se cruzó en mi memoria la imagen de cuando los militares rodeaban la manzana con camiones y camionetas. Había tantos soldados como en los desfiles de las fiestas patrias, entraban en las casas, una por una.
Mi tía Juana, que vivía a la vuelta de la esquina, descolgó la foto de Perón en el caballo pinto que tenía  en el muro de la cocina, porque se preguntaba desde que derrocaron a la perona, como le decía a Isabel, si valía la pena comprometerse tanto, teniendo al general en ese cuadrito. Nos dijo, luego, que la gritería de los vecinos y los ruidos de los soldados, hizo que se resolviera rápidamente, y lo quitara dejando en esa pared sólo el clavo, y un recuadro de mugre y tiempo. No sabía qué hacer con él y lo primero que se le ocurrió fue ponerlo en la heladera tapado con una servilleta, como si fuera un pastel.
Su aventura había tenido buen término.
De pronto, encontré mucha relación entre el profesor que quemaba los libros y la imagen de Perón enfriándose entre frutas y carnes.
En ese mismo baldío, años después, volví a ver al gordo Sierra. Me avisaba que no desertaba de la lucha sino que se prepararía para volver en un tiempo, me mostró su pasaporte que un familiar le había ayudado a conseguir, si te animás me venís a despedir a Ezeiza, me dijo, sino está  todo bien igual, no es necesario que corras riegos, por otro lado uno de los dos tiene que salvarse, por ahora soy quien se va, pero voy a esperarte donde vaya, y te escribiré y haré lo necesario para que puedas salir y volver conmigo heroicos. Me habló con aquellas mismas palabras que tallaba en los retretes, y que hoy vuelven a sonarme a evocación, con ese idéntico sabor agridulce que tienen el amor, la amistad y el pasado.
Claro que fui al aeropuerto internacional esa mañana, pero no vi a Daniel Sierra, sino a Lucía, quién en un primer momento no me reconoció. La vi primero frente a la ventanilla de embarque, luego por los pasillos que conducen al ascenso, pero esta vez me miró, y creo que me vio, o nuevamente me arrojó esa muy leve y sencilla sonrisa de aceptación algunos años después de la primera vez. Lucía se iba a donde yo no iría jamás, aunque fuera el último refugio del mundo. Ella se marchaba y nada tenía que ver con lo que ocurría. El gordo nunca apareció, no abordó su avión, no llegó para el despacho de sus maletas, ni sus maletas, ni él. No llegó para despedirse de mí. Y me volví esa noche con una sensación de soledad que hoy vuelve por ese mismo resquicio por el que entraron el miedo y el amor.

Lucía vive en el gran país del norte, Daniel engrosa, esa insondable lista de desaparecidos, y yo vivo en este, mi pequeño y para siempre, pueblo de paso.

Ricardo Di Mario

2 comentarios:

  1. Empecé a leer el cuento con la pretendida intención de hacer una sesuda crítica al final. Después del primer párrafo ya me olvidé de esa pretensión, me dejé llevar por el relato, me emocioné con él. Creo que es su mayor mérito.
    Quizás alguna que otra frase (no más de dos o tres) suenan un tanto "discursivas" y enfrían un poco el clima de la lectura.
    Tal parece que escribir, en algunos casos, es no permitir que la memoria deje de acompañarnos.
    Un detalle: en algún lugar hablás de "florecillas". Yo lo cambiaría por "florcitas".

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  2. muchas gracias por la lectura Jorge y por los cometnarios, muy agradecido por las observaciones las tendré en cuenta, hasta pronto. Ricardo

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