Lo recuerdo así. Simplemente con
su nombre escrito en el bolsillo del bleizer azul, con un marcador de precios
que imprimía las letras blancas sobre un fondo celeste. Al tiempo se ajaba,
pero nadie notaba las ajaduras, y casi todos los muchachos de la escuela lo lucíamos de igual manera. Así
lo recuerdo, tratando de entrar al baño después de trasponer el largo pasillo
sembrado de varones del último año, que pedían cigarrillos para garantizarte
una meada segura sin complicaciones ni malos tratos. Simplemente un cigarrillo
y pasabas saludando a los más grandes del colegio, ante la admiración de pares
y demás compañeros.
El gordo de cuclillas en el retrete no evacuaba sino después de dejar su
marca en la madera raída del cubil, Perón
Vuelve, o la sigla del E.R.P dentro de la estrellita de cinco puntas. Uno
podía adivinar, entre otros indicios, que el gordo había estado allí. El humo
del cigarrillo, el olor del tabaco negro, su cuchillita rascando su paso a la
posteridad en un anuncio tibiamente político y claramente rupestre.
La puerta de ese baño es el resquicio que estoy esperando. ¿Cómo escapar
de todo eso que ya ocurrió? Que es como cambiar la historia. Que inútil me
siento frente a esa puerta abierta que me invita al retrete del pasado.
Entro, él no me advierte. Me quedo viéndolo. ¡Qué desagradable lugar por
donde entrar a la historia! Pero allí estoy tras sus espaldas casi descubiertas
haciendo pie en el inodoro turco, por suerte está limpio, tal vez sea lunes en
el recuerdo. El gordo escribe con un fibrón negro Más vale morir de pie que vivir de rodillas. Es una frase del Che, hoy lo sé, y el Che me
tira una sonrisa fresca desde el cuadrito en la pared por encima de mi
pantalla. Pero no lo sabía entonces, en mi imagen, el gordo sí lo sabe. Me río, el gordo no escucha mi risa, nos
separan cuarenta años. Mi risa es estúpida, me río porque el gordo Sierra se presentó
en la memoria casi arrodillado y escribiendo con el culo al aire. Salgo del
cubil, él tampoco lo advierte. Teníamos quince años cuando lo vi, casi por
última vez.
Mis padres se separaron, y nos vinimos al interior con mi madre y mi
hermano bebé. Muchos de nosotros vivíamos caminando en el filo de una olla en
ebullición, al irme fue como saltar fuera de la olla, para los que se quedaron
fue como saltar hacia adentro. El gordo Sierra está muerto, yo peleo conmigo
tratando de escribir.
Hay poco margen en el relato para los demás recuerdos, las mujeres, la
política, la música, la familia. Pero igual quiero tomar notas de algunos
destellos, que se acercan solos al mar inmenso de la hoja blanca de mi
computadora.
Lucía. Una sonrisa asequible, una bella suavidad en sus manos y en su
piel, que quedaron para siempre en mí. Qué buena información me había ganado
con unos poemas escritos por encargo, no sé para quién. Tenía esa facilidad por
entonces. Desde el balcón del patio me señalaban a una muchacha, la observaba y le inventaba un mundo de palabras
cursis que generalmente tenían un éxito asegurado para quién las enviaba. Esto
ya se sabía entre los más cercanos compañeros, y no po-día divulgarse demasiado
porque la fama tiene sus ventajas y sus riesgos. Alguien me pagó esta vez no
con cigarrillos sino con la data de Lucía. Y esto resultaba una invitación para
alternar tanta masturbación con algo más real que el esfuerzo de la
imaginación, y la posibilidad de quedar ciego, como amenazaban los adultos al
referirse al tema del onanismo adolescente.
Lucía estaba inventariada entre abetos, pinos y paraísos, del bosquecito
de un barrio residencial al que se accedía caminando unas diez cuadras desde la
escuela. Su entrega no tenía ningún interés material. Si encontraba en uno algo
que le agradara su risa aparecía como un gesto de aceptación, era la primera
puerta que se abría. La recuerdo con fidelidad como recuerdo mis rodillas que
flaquearon de temor. Ella me tomó de la mano y habló varios minutos para cubrir
el silencio de mi timidez.
-Así que sos poeta. Dijo, y hoy me parece que la escucho, sin esperar
respuesta después de algunas cuadras de caminar en un monólogo autorreferencial,
indiscreto y muy excitante. Mi mano solitaria transpiraba gotas que caían en la
vereda, regando esa tarde acalorada de primavera. Los árboles frutales estaban
florecidos, rosas y blancas las pequeñas florecillas de las copas, nos acompañaron
hasta entrar en un barrio de calles circulares, con casas enormes rodeadas de
ligustros. En los terrenos que no estaban edificados se veían angostos senderos
que se perdían en montecitos frondosos que oscurecían la siesta. Prácticamente
no había hablado nada, ni una palabra pude articular hasta que nos sentamos en
un tronco.
—No me recitás una poesía. En un tono diferente su pedido se volvió un
lugar seguro para mí. Y empecé con Martí sin esperar que lo conociera, y mucho
menos que le gustase. Ella me hizo recordar unos versos que trataba de
memorizar en esos días.
- Mi vida así se encamina/ al cielo limpia y
serena/ Y tú me cargas mi pena/ Con tu paciencia divina./ Y porque mi cruel
costumbre/ de echarme en ti te desvía/ de tu dichosa armonía/ y natural
mansedumbre./ Porque mis penas arrojo/ sobre tu seno, y lo azotan/ y tu
corriente alborotan,/ y acá lívido, allá rojo.
No esperé reacción alguna, más bien el mismo silencio que a mí me
causaba el verso intrincado del cubano. Sin embargo una lágrima le recorrió la
mejilla, yo acerqué mis dedos para secarla y luego probé su sabor salado. Ella
tomó con sus dos manos mi mano, que se había quedado pegada sobre mis labios, y
la llevó directamente hacia su pecho firme, y redondeado, sobre una camisa
oscura de pequeños botoncitos que rápidamente desprendió mientras me miraba. Yo
estiré mi saco azul sobre la hierba, en el espacio vacío entre un pino gigante
y el tronco caído, en el que nos habíamos sentado. Me buscó la entrepierna con
una mano pequeña de dedos largos, delgados, y tibios. Cuando solté mi cinturón
y desabotoné mi pantalón de sarga gris, ella se quitó la bombacha y levantó su
pollera de jean contra el vientre. Todo fue una invitación, sus brazos
estirados, sus piernas entreabiertas apenas flexionadas; fue tan sencillo
luego. Un lento jadear, y su voz muy cerca de mi oreja diciendo, quereme poeta, quereme siempre.
Por esos días tenía en el bolsillo un pequeño libro de tapas negras titulado
Martí y la primera revolución cubana,
era un compilado de cartas y poemas que se había editado en la isla. El gordo
Sierra me lo había dado, mi madre lo descubrió tempranamente antes de que pueda
terminar de leerlo y lo hizo desaparecer, lo exilió de mi vista, de mi alcance.
No tuve noticias de él hasta bien pasada la adolescencia. Eran tiempos
difíciles para las ideas, y en mi casa no se habían caracterizado por el
compromiso político, ni por la lucha social.
Mi padre era el típico obrero de fábrica afiliado al gremio de los metalúrgicos,
porque a nadie se le ocurría no estarlo, obviamente peronista. Cuando Perón
volvió al país casi dos millones de personas fueron a esperarlo. Los sindicatos
llevaban ómnibus cargados de obreros, literalmente levantados de las fábricas y
de los talleres. El petizo y miles de trabajadores más, nunca llegaron al aeropuerto, el sonido de los tiros de
pistolas y ametralladoras fue lo más
cercano que estuvo de aquel suceso, de la manera que pudo llegar a casa casi un
día después de una jornada obligada. Nos contó cómo lo subieron al colectivo
sin preguntarle si quería ir a recibir al líder
de las masas, y cómo se había escapado del puente antes de entrar en la
autopista. Esta era su segunda gran hazaña por la cual siempre fue peronista.
La primera era haber recibido de las propias manos de Eva, una pelota de fútbol
número cinco, siendo apenas un niño. El
viejo todavía cuenta esta anécdota con los ojos cargados de lágrimas, con los
años se le han agregado un temblor de pera y la voz entrecortada. No hace mucho
tiempo volvió a repetir el relato para los nietos que aún no lo han escuchado
más de dos o tres veces.
-Evita estaba hablando desde la
ventanilla del ferrocarril, aquí cerca entre las dos estaciones. Mi viejo
levanta el brazo y señala con el dedo el lugar exacto entre su memoria y el
olvido, el punto imaginario donde
conoció a la mujer más importante de su vida y continúa su historia.
-Evita hablaba, y un hombre de
traje negro detrás de ella le pasaba una a una las pelotas que entregaba a los
niños, y yo no recibiría nada porque no llegaba ni al estribo del tren, ni me
vería por mi tamaño, ni me escucharía por la gritería de la gente. Para
esta altura de la narración, el recuerdo de mi viejo ya estaba humedecido por
las lágrimas que cayeron sobre la mesa.
-Y vos petizo, no querés una
pelota. Cuenta la anécdota que estas fueron las palabras de Eva que lo
rebautizaron, y lo hicieron peronista para toda la vida.
Mi madre por el contrario tenía todos los gestos de la clase media, media
gorila, media reaccionaria, media democrática. Arrastraba una vivencia
contraria a la de mi padre, respecto del peronismo. Ella debió usar el luto
obligatorio después de la muerte de Eva. Era escolta en sexto grado de la
escuela primaria, y cuando falleció la abanderada de los humildes, le
impusieron un crespón negro en la escarapela que se negó a usar. Por lo que cuenta, su padre el gran Jerónimo, la respaldó
en su decisión. No acompañó a la bandera, y el resentimiento le quedó hasta
hoy. En mi niñez, después de alguna travesura que provocaba un reto de su
parte, o una prohibición, o alguna forma de sanción yo respondía con un grito
del otro lado de la mesa que la exasperaba.
—Viva Perón!- A tan fuerte voz
gritaba que antes de perseguirme corriendo, miraba por la ventana a ver si
alguien había escuchado la palabra prohibida.
—Viva Perón! — Yo volvía al
ataque, hasta que se calmaba, se reía o me alcanzaba con un zapatillazo por el
cuerpo. Decir Perón para ella era como decir un insulto. Y jamás lo hacía. Por
otro lado el nombre del tirano abyecto,
como lo llamaba la prensa reaccionaria, no podía decirse públicamente,
especialmente durante los gobiernos militares de mi infancia.
Los levantamientos, las asonadas, los golpes militares se amontonan en
mi memoria. En algún momento comencé
a sentir en carne propia lo que
nadie hablaba en mi casa. Y si miro con
detenimiento todavía puedo ver, entre las casas y edificios del barrio, aquel
potrero como fragmentos del miedo silencioso de esos años. Y veo en el fondo
del campito donde jugábamos todos los días con los chicos, allí, en el mismo
lugar donde los más grandes nos convidaban cigarrillos y los más pequeños
construían casamatas con ramas, ardía un fuego que producía un humo negro. El
color gris plomo de ese humo se mezclaba con las plantas de caquis.
Junto al tronco caído que usábamos como banco estaba el profesor que
vivía casa de por medio de la mía. Lo reconocí por la ropa de jean. Aunque
estaba muy distinto sin la barba, lo reconocí inmediatamente. Antes, tenía la
cara cubierta de pelos rulientos y muy negros. Pero entonces, daba la impresión
de haber metido la cabeza en un balde con lavandina.
Mi papá decía que el que tiene
pelos en la cara tiene pelos en el alma.
Resistí la tentación de correr hasta la fogarata, como decíamos en el barrio, pero a medida que cruzaba el
potrero, me preguntaba si el profesor desearía compañía. Resolví rápidamente.
Busqué un buen ángulo para observarlo y me senté junto al primer arco.
El hombre se acercaba de a ratos para alimentar el fuego con libros:
libros gruesos y delgados, de tapas duras algunos. A todos los desgajaba como a
naranjas y los sostenía de un extremo, hasta que tomaban llama propia.
Entonces, los dejaba caer hasta el centro de la hoguera que tanto me atraía.
Tratando de dar respuesta al interrogante principal que me obligaba a
quedarme allí, viendo a ese tipo que hacía fuego, se cruzó en mi memoria la
imagen de cuando los militares rodeaban la manzana con camiones y camionetas.
Había tantos soldados como en los desfiles de las fiestas patrias, entraban en las
casas, una por una.
Mi tía Juana, que vivía a la vuelta de la esquina, descolgó la foto de
Perón en el caballo pinto que tenía en
el muro de la cocina, porque se preguntaba desde que derrocaron a la perona, como le decía a Isabel, si valía
la pena comprometerse tanto, teniendo
al general en ese cuadrito. Nos dijo, luego, que la gritería de los vecinos y
los ruidos de los soldados, hizo que se resolviera rápidamente, y lo quitara
dejando en esa pared sólo el clavo, y un recuadro de mugre y tiempo. No sabía
qué hacer con él y lo primero que se le ocurrió fue ponerlo en la heladera
tapado con una servilleta, como si fuera un pastel.
Su aventura había tenido buen término.
De pronto, encontré mucha relación entre el profesor que quemaba los
libros y la imagen de Perón enfriándose entre frutas y carnes.
En ese mismo baldío, años después, volví a ver al gordo Sierra. Me avisaba
que no desertaba de la lucha sino que se prepararía para volver en un tiempo,
me mostró su pasaporte que un familiar le había ayudado a conseguir, si te animás me venís a despedir a Ezeiza,
me dijo, sino está todo bien igual, no es necesario que corras
riegos, por otro lado uno de los dos tiene que salvarse, por ahora soy quien se va, pero voy a esperarte
donde vaya, y te escribiré y haré lo necesario para que puedas salir y volver
conmigo heroicos. Me habló con aquellas mismas palabras que tallaba en los
retretes, y que hoy vuelven a sonarme a evocación, con ese idéntico sabor
agridulce que tienen el amor, la amistad y el pasado.
Claro que fui al aeropuerto internacional esa mañana, pero no vi a
Daniel Sierra, sino a Lucía, quién en un primer momento no me reconoció. La vi
primero frente a la ventanilla de embarque, luego por los pasillos que conducen
al ascenso, pero esta vez me miró, y creo que me vio, o nuevamente me arrojó
esa muy leve y sencilla sonrisa de aceptación algunos años después de la
primera vez. Lucía se iba a donde yo no iría jamás, aunque fuera el último
refugio del mundo. Ella se marchaba y nada tenía que ver con lo que ocurría. El
gordo nunca apareció, no abordó su avión, no llegó para el despacho de sus
maletas, ni sus maletas, ni él. No llegó para despedirse de mí. Y me volví esa
noche con una sensación de soledad que hoy vuelve por ese mismo resquicio por
el que entraron el miedo y el amor.
Lucía vive en el gran país del norte, Daniel engrosa, esa insondable
lista de desaparecidos, y yo vivo en este, mi pequeño y para siempre, pueblo de
paso.
Ricardo Di Mario
Empecé a leer el cuento con la pretendida intención de hacer una sesuda crítica al final. Después del primer párrafo ya me olvidé de esa pretensión, me dejé llevar por el relato, me emocioné con él. Creo que es su mayor mérito.
ResponderEliminarQuizás alguna que otra frase (no más de dos o tres) suenan un tanto "discursivas" y enfrían un poco el clima de la lectura.
Tal parece que escribir, en algunos casos, es no permitir que la memoria deje de acompañarnos.
Un detalle: en algún lugar hablás de "florecillas". Yo lo cambiaría por "florcitas".
muchas gracias por la lectura Jorge y por los cometnarios, muy agradecido por las observaciones las tendré en cuenta, hasta pronto. Ricardo
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