sábado, 14 de noviembre de 2015

Este día


 
 
ESTE DÍA
 
Llega temprano. Como siempre pero un poco antes. Es su último día en el banco. Se jubila. Falta más de media hora para que lleguen los clientes. Acomoda los papeles, verifica la caja, enciende la computadora, manipula el lector de barras. Sabe muy bien cómo funciona todo eso pero aun así todavía recela, él aprendió este trabajo con artefactos mecánicos y ruidosos, éstos en cambio nunca avisan cómo van a reaccionar. Mira los grandes ventanales que dan a la plaza, el salón vacío a través del cristal que lo separa de la gente, con ese orificio a la altura de los ojos que provoca una leve distorsión cuando mira a través de él, similar a los ingenuos trucos de las películas mudas que veía de chico en el cine de su pueblo. Se palpa el pelo blanco, muy corto y prolijo, el pequeño bigote semejante a un cepillo de dientes, y después cruza sus cortos dedos sobre el mostrador. Así se dedica a esperar. Algo debería suceder. Agradece que sus compañeros estén llegando en silencio, seguramente ya habrán planificado su despedida para el final de la jornada.
Espera, las manos cruzadas. Se tomará algunas revanchas. La luz que enmarcan los ventanales ya anuncia la primavera próxima, aunque alguna nevada llegará para recibirla, se dice, acomodándose el nudo de la corbata. Vuelve a cruzar sus dedos sobre el mostrador, que le llega a la mitad del pecho. Su corta estatura y su mirada afable le dan una apariencia juvenil e inocente que le ha ganado el afecto de los clientes. No de todos. El viejo Hansen lo odia, y él a Hansen. Ojalá venga hoy, se dice, apretando sus puñitos regordetes.
Faltan pocos minutos para abrir las puertas y los susurros de papeles, voces apagadas, abrir y cerrar de cajones, se van tiñendo de premura. Hay ojos cansados, hombros caídos, o sonrisas contenidas y miradas brillantes de haber pasado una buena noche, según a quién mire. Sus noches siguen siendo metódicas, la muerte de Ofelia no las ha cambiado mucho, salvo por ese vacío de abismo que ha dejado en la cama, en los estantes del baño, en el ropero. Ofelia y su pañuelo turquesa sujetándole el pelo, el polvo del camino en los pliegues de la ropa después de cuatro días de viaje a bordo del achacoso Dauphine, que había resultado aguantador en el pueblito del que venían pero que aquí, entre el ripio y las trepadas, había estado a punto de desfallecer. El banco nacional que lo había empleado en su pueblo, ese pueblo estampado en la llanura interminable como por casualidad, con su plaza de bordes encalados y tardes mortecinas, lo había enviado, por un tiempito nomás, a este otro pueblo, cercado por montañas y bosques, olvidado por el horizonte. Ya son treinta y cinco años a la sombra de los cerros. Los últimos dos sin Ofelia.
Recorre con los dedos algunos cables que reptan por el mostrador y que interconectan la computadora con el lector de barras o la timbradora, como tanteando si corre algo de vida dentro de ellos. Activa el teclado, ingresa su contraseña, mira el reloj, faltan dos minutos. Podría alterar un poco los archivos del disco rígido tal como le enseñó a hacerlo Iñaki, el técnico de sistemas, que ahora cumple una pena de cárcel por hacer justamente ese tipo de cosas con las computadoras de la gobernación. Sería una travesura de despedida, una manera de comenzar la jubilación con una sonrisa, como la que se le está dibujando en este momento, chiquita, apenas perceptible bajo los bigotes, más visible entre sus pestañas. Como aquella, por ejemplo, en su pueblito, cuando logró abrir la rocola de la única confitería y alterar la disposición de los discos de vinilo. Fue un gran revuelo, querían twist y salían boleros o carnavalitos, seleccionaban rocanrol y aparecían tangos rantes. Los reclamos al dueño del local derivaron en trompadas y sillas voladoras. Él, de pantalones cortos, escondido en uno de los baños, con la puerta entornada, disfrutaba de la batahola. Ahora la sonrisa le mueve un poco más el bigote. Al fin Braulio, el ordenanza, que también se jubilará pronto, abre la puerta del banco por la que entran los primeros clientes, casi todos jubilados. Se pregunta si al mes siguiente también él será uno de ésos, tan madrugadores, o si acaso se demorará hasta el mediodía, leyendo meticulosamente el diario en el café de la esquina. Vuelve a tocar uno de los cables sobre el mostrador, uno que está enrollado en espiral, como un resorte, que va de un aparato a otro. Parece una cadena, se dice, la cadena que me supe conseguir.
   Piensa en Hansen. Desea que ese hijo de puta aparezca este día, justo este día, mirarlo a los ojos, y sin dejar de mirarlo, cuando Hansen le acerque la papeleta de siempre para esa transacción de siempre, él, sin dejar de mirarlo, apretará simultáneamente los tres botones del teclado, sonriendo sólo con los párpados, torciendo esa transacción habitual, o mejor, desviándola hasta que se pierda en las oscuras e intrincadas cavernas de los cables espiralados y las fibras ópticas y los circuitos integrados. Hansen se dará cuenta en el momento y no podrá hacer nada para evitarlo, le subirá la presión arterial hasta lo inaguantable, sucumbirá ahí, tras el cristal del mostrador, aferrándose con dos dedos al pequeño orificio en el vidrio, mirando esa sonrisa bajo los bigotitos.
Espera a Hansen.
Aparece doña Elvira. La ve entrar, saludar al policía de guardia y venir con su paso vacilante, precedida por el reflejo turbio que su figura refleja en el piso de mosaicos encerados. Ella se dirige directo a él, como todos los meses de todos estos años. Pequeña y encorvada, con su tapado color nuez oliendo suavemente a naftalina y a humo, la cara arrugada como un bollo de papel de seda. Es aún más bajita que él. Sonríen sus ojitos azules. Le alcanza la boleta de la pensión por viudez. Siempre dijo que no quiso aprender a leer porque en su trabajo, en la chacra primero y en la casita del pueblo después, no necesitaba de palabras escritas, aprisionadas en un papel, ella prefería las que flotaban por un momento en el aire y después se iban con el viento; si algunas sobrevivían por más tiempo, eran las valiosas, las otras podían irse nomás. Ella lo prefiere a él de entre todos los cajeros; él siempre, después de leer la papeleta, le paga de más, de su bolsillo, sin que ella lo sepa. No se anima a decirle que ya no estará más detrás del mostrador, que otros la atenderán de ahí en más. Doña Elvira toma el dinero, lo dobla y lo guarda en su cartera de cuero raído. Se va con los mismos pasos cortitos. Antes de salir, junto a la puerta, allá en la otra punta del salón, gira, alza apenas una mano y le dice hasta siempre con la mirada. Él podría jurar que ella ha llorado.
Mientras tanto sus compañeros atienden con el fastidio de siempre, cuentan dinero, miran de reojo los monitores, golpean papeles con los sellos de goma. Ninguno parece interesado en él, aunque sabe que algo estarán tramando, siempre es así con quienes se van jubilando, él mismo ha participado varias veces en esas pequeñas teatralizaciones y chanzas de despedida. Sólo Ernesto, a su lado, de tanto en tanto lo mira con cierta picardía.
Su rutina parece la de siempre, cuando los actos cotidianos se suceden sin percibirlos, ocurren mansamente, como si nada pudiera alterarlos. Pero en la vida aparece un Hansen. Entonces la jodida maldad te reseca el jardín florido. Se tensa, los números del monitor se le nublan, el cliente del otro lado del vidrio lo mira inquieto, él no logra contar bien los billetes que tiene en las manos. Le pide a Ernesto que siga él por favor; va al baño. Vení Hansen, tenés que venir hoy. Se lava la cara, se acomoda la corbata, no tan bien como lo hacía Ofelia todas las mañanas, su rostro bien pegado al suyo, apenas la punta de la lengua asomando entre los labios, la mirada yendo y viniendo desde el nudo a sus ojos, mientras el tiempo marcaba arrugas, embolsaba los párpados, modificaba aromas y él notaba todo eso en ella y sabía que ella notaba lo mismo en él. Entonces se entristecía un poco y buscaba detrás de esa pátina aquel brillo de los ojos, el mismo de aquellas tardes bajo los tilos de la plaza del pueblo aplastado en la llanura. Cada día buscaba ese brillo y lo encontraba, aún en los últimos, cuando las manos temblaban y la tristeza era una tela traslúcida entre sus bigotes ya blancos y aquellos labios que se iban apagando. El último nudo arreglado por Ofelia todavía le oprime la garganta. El espejo del baño devuelve su imagen pequeña, con sus pequeñas manos tapándole los ojos para contener todo lo que pueda salírsele.
El cliente todavía lo espera del otro lado del vidrio. Se ha enterado de su jubilación y quiere despedirlo. Casi todas sus relaciones en este pueblo son así, un nombre, un número de cuenta, algún domicilio, una actividad. Los años no han logrado perforar los tabiques de la intimidad. Y cómo se siente, le pregunta el titular de la cuenta cuatro mil quinientos barra tres. Como un arquero que no sabe por dónde entró la pelota, responde él, intentando una sonrisa. El cliente se va, prometiendo un futuro e improbable vermut.
El sol ya se ha encaramado con firmeza en los ventanales. Por primera vez en décadas desea que esos grandes cristales puedan abrirse para que entre el aire de la calle. Ventanas verticales que llegan hasta el techo, alto y revestido con madera lustrada. Las ventanas se repiten, muy juntas entre sí, a lo largo de todo el salón. Detrás de ellas se ve circular a los automóviles como en un parpadeo de película antigua. Adentro cada vez más gente y él, viéndola a través del orificio en el vidrio, imagina un gran animal de múltiples cabezas y miembros informes desplazándose mínimamente entre las paredes del salón, como un molusco gigantesco. Ya no verá más el salón desde este lugar. No logra definir si eso lo entristece, lo alegra o le es indiferente. Tampoco ha planificado cómo será su retiro, a qué se dedicará; ni siquiera sabe si se quedará en este pueblo. Parece que nada del futuro lo inquietara. Es el pasado lo que se arrastra dentro de él. Aquel día. Aquel día en que amanecieron con la noticia de una presidenta depuesta y militares en la casa de gobierno, allá en la capital, mientras acá en el pueblo los soldados recorrían las calles en jeeps o camionetas. Aquel día él entró al banco como de costumbre, suponía que nada cambiaría demasiado, nunca había entendido bien de qué se trataba el asunto ése de la política, con sus vaivenes, sus luchas, el poder, las ideologías. Así y todo siempre había guardado para sí un íntimo gusto por la palabra libertad. Recatado, tímido, falto de audacia, había sentido simpatía por aquellas personas que se animaban a luchar por ideales. Los admiraba desde lejos, desde su vida metódica y monótona. Sólo una vez, meses antes, a instancias de Gabriel, con quien mantenía una relación amistosa de café los sábados por la mañana, había asistido a una reunión de militantes. Fue esa sola vez. Confirmó que lo suyo era seguir mirando desde afuera. Por eso el estupor cuando lo vinieron a buscar. Fue a media mañana, en el banco, la gente sin animarse a murmurar siquiera sobre lo que estaba pasando; él, como sus compañeros, detrás del mostrador. Vio entrar al grupo de soldados al mando del teniente Ramírez, un mequetrefe. Recordó entonces que alguna vez se lo había dicho en la cara: “mequetrefe”, durante un baile en el salón de los bomberos, tiempo atrás, cuando ese Ramírez le faltó el respeto a una muchacha. Todos habían estado un poco borrachos aquella noche. Y ahora venía Ramírez, más estúpido y prepotente que nunca, cruzando el salón, custodiado por unos soldaditos azorados, a buscarlo a él, a querer llevárselo a la rastra, cosa que él impidió con una dignidad que le salió de las vísceras y que lo hizo caminar erguido entre la gente, con la mano de Ramírez atenaceándole el brazo, pero él erguido, aunque su cabeza llegara apenas al hombro del otro. Ya en la vereda, antes de empujarlo dentro del jeep, Ramírez le había dicho: “Ya tenemos al puto ése de Gabriel”. Se acomodó los anteojos, el vehículo arrancó, y pudo ver en la acera de la plaza el rostro satisfecho y altanero de Hansen, con su sombrero aludo, su saco de pana, sus breeches y sus botas. Y ese decadente porte prusiano. Entonces entendió.
Los recuerdos le vienen en azul y en negro, como si los estuviera escribiendo con diferentes tintas. Hansen que había parecido tan amigable pero que, lo descubrió de un cachetazo mientras veía las calles del pueblo como una ráfaga desde el jeep, algunas veces lo había inquietado con su mirada gélida. Hansen bocón, chivato, carnero o cualquiera de esas palabras que él nunca se hubiera animado a pronunciar pero que entonces, con el jeep enfilando por el camino al regimiento y el codazo de Ramírez aplastándole la nariz y haciéndole saltar los anteojos, le venían desde la boca del estómago. No podía entender los motivos de Hansen, y menos contra él, tan bancario de ocho horas diarias, tan sumiso, tan de “no meterse en cosas raras”, tan de sólo fantasear con aventuras imposibles. Y por una sola tarde, en la que se le ocurrió ir a esa reunión con Gabriel y los otros, más por aburrimiento, curiosidad, o simplemente para sacarse de encima la insistencia de Gabriel. Qué le podría haber hecho él a Hansen como no fuera alguna mueca escondida o una pregunta inocente cuando el tipo se acercaba al mostrador del banco para hacer transacciones a extrañas cuentas bancarias, con esa numeración tan característica de fondos que se movían fuera del circuito comercial. Era entonces cuando Hansen lo observaba a través del orificio del cristal con esa sonrisa amable y esa mirada que parecía calma y transparente pero que, con la frenada del jeep frente a un galpón en los confines del cuartel, se le antojaron amenazantes y premonitorias. Entonces pensó en Ofelia, en quién y cómo le avisaría.
Quiere recordar detalles pero no puede. También quiere olvidarlo todo, pero es imposible. La angustia de Ofelia durante esos días, que él imaginaba o percibía desde el calabozo. Ahora el recuerdo le viene con pormenores que conoció después. Ofelia preguntando, clamando, recorriendo despachos, temiendo, por sobre todo temiendo. Amigos que se desentendieron, funcionarios que se rieron, también algún ultraje. Los puñitos se le cierran sobre el mostrador, una mueca le endurece la cara. El cliente que ahora espera detrás del vidrio lo saca de ese recuerdo tenaza que parece no querer abandonarlo este día. No lo maltrataron, al menos no con la saña criminal con que lo hicieron con otros, como se enteró tiempo después. Lo de él no fue más que una serie apretada de incomodidades: comida escasa y mala, insomnio, olores nauseabundos, las amenazas burlonas y prepotentes de Ramírez. Y el miedo, que fue algo más que una incomodidad. Ofelia le dijo que fueron tres días; él no pudo más que aceptarlo, si para él esos días estuvieron fuera de todo tiempo. En el recuerdo de ahora, inundado por la luz que viene de los ventanales del banco, está la imagen de Ofelia esperándolo en la puerta del cuartel, con la carterita en la mano, la inquietud en el gesto. El abrazo de Ofelia, el de él a Ofelia, los pechos apretados, ansiosos, las manos de él reconociendo nuevamente esa espalda de nube, mullida, cálida, que temblaba.
Los ojos se le empañan; le pasa una franela al vidrio del mostrador. Hansen tiene que venir este día. Siempre soñó con ser alto, fuerte y musculoso para romperle bien la cara a ese alemanote que tanto lo ha jodido. Pero todo fue diferente. En el banco lo recibieron, después de aquellos tres días, como si nada hubiera pasado. Hansen siguió yendo para sus transacciones, él apenas lo miraba. Como si nada hubiera sucedido. El silencio lo opacaba todo. Apenas, como una burda revancha, unos años después, Ramírez murió acuchillado en una pelea de borrachos. Siempre fui un cobarde, se dice. Hoy no, se dice. Alguna vez tendrá que ser, también se dice. Mira la hora. En cinco minutos cerrarán. Sus compañeros ya intercambian gestos cómplices más abiertamente, como ya degustando el homenaje que le harán. Pasaron más de treinta años. Y Hansen no viene.
Los últimos clientes dejan el banco. Escucha con nitidez el ruido de los cerrojos de la puerta principal. Apaga los aparatos, cierra con llave la caja. Este día no hará el arqueo, se lo perdonarán. Ya ha pasado el mediodía y la calle se vacía. Escucha sus pasos sobre el mosaico del salón desierto. Escucha el rumor de voces alegres desde las oficinas. Se acerca a los ventanales, mira las ramas de los árboles de la plaza recortándose contra el cielo azul. Afina la mirada y descubre los brotes recientes. Pasa una mujer, un perro, un chico en patineta. Se afloja la corbata. Cruza las manos, esas manitos, a su espalda. Leve, imperceptible, como si se diluyera en la luz de la ventana, se encoge de hombros.
 
 
invierno de 2m12
 
 
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario