VIENTOS
Jorge
N. del Rio
Habrán sido dos días de
preparativos. Me quedaba mirando a papá manipulando papeles de colores. Lo veía
abriendo con un cuchillo las cañas huecas que había conseguido. Las abría a lo
largo, quedaban entonces unas varillas muy delgadas y livianas. Extendía
papeles —celeste, blanco, algún rojo pálido—, piolines y trapos. Desconfié un
poco del engrudo; el agua y la harina me resultaban más apropiadas para la
cocina que para la aeronáutica. Si bien yo no le había pedido un barrilete, me
gustaba la idea. Mi viejo siempre se adelantaba a mis deseos, como si de esa
manera me obligara a tenerlos. Noté que se complicó con el asunto del aparejo.
Había una triangulación de piolines y nudos que no terminaba de quedar bien.
Después hizo girones con una sábana vieja y fabricó la cola. Al fin se lo notó
satisfecho. Me gustaron los flecos de papel, algunos en tiras, otros en forma
de aletas con un rombo recortado al medio.
Una mañana salimos al parque. Sábado.
El cielo era una cúpula celeste, inmaculada, abrigadora. Toda una travesía. Había
que llegar a la zona descampada, junto a la avenida General Paz, donde los
fines de semana el cielo se llenaba de barriletes. Pero ese sábado no había nadie.
Me quedé mirando todo lo que nos rodeaba. El descampado era un gran espacio
verde que crecía en los confines del parque, limitado a un costado por un
barrio de chalets parejos al que muchos llamaban Barrio Perón. También yo,
alguna vez, lo había nombrado así y mi viejo enfureció: “Saavedra, el barrio se
llama Saavedra”, me increpó. El descampado terminaba en la avenida, de la que
lo separaba una hilera horizontal de troncos ennegrecidos, a baja altura,
apenas hasta mis rodillas. Me gustaba sentarme ahí a ver los autos pasar;
también, de a poco, me iba animando a caminar haciendo equilibrio sobre esos
troncos.
El barrio innombrable se veía
en casi toda su extensión. Frente a una gran plaza circular estaba la escuela.
Era inmensa, de dos o tres plantas, ocupaba más de una manzana. Allí había
hecho el jardín de infantes. Lo recordaba como algo lejano. Me di cuenta de que
ya era dueño de un pasado. Papá hacía los aprestos con el barrilete. Me quedé
pensando en lo que había visto un rato antes en un paredón, mientras veníamos: el
perfil de un rostro pintado con brea, junto a una “P” y una “V” superpuestas.
Al otro extremo del paredón habían escrito con otra pintura: “Vote Frondizi”.
Le pregunté a papá qué significaba eso, ya que hacía poco había aprendido en la
escuela que bote se escribía con b de bueno. Me respondió en un tono confuso y
ofuscado; parecía que lo enojaba todo lo que no fuera el barrilete. De algún
lado apareció un perrito con cara de atorrante que se sentó cerca de nosotros y
se puso a mirarnos atentamente. La mañana relucía sobre el césped y hacía
resaltar los contornos de los monoblocks que se agolpaban al otro lado de la
avenida. Supuse que esos edificios, así apretujados en la desolación de la
llanura que se desplegaba desde allí al infinito, tenían alguna relación con
los chalets de este lado. Seguramente también tendrían un nombre pero preferí
no preguntar. Decidí en cambio bautizar al perro que nos miraba atentamente.
“Colita” era un buen nombre, que iba de lo más bien con su rabo recortado. Le
asigné el nombre en silencio, ya que sabía de antemano que no me lo podría
llevar a casa y no quería encariñarme demasiado. La brisa de comienzos del otoño
agitó los flecos del barrilete mientras papá terminaba de acomodar los tiros y
la cola de trapo. Lo puso de cara al viento, tironeó del piolín, ensayó una
leve corrida que me pareció un poco ridícula y el barrilete comenzó a elevarse.
Se lo veía contento a papá. Colita se levantó, comenzó a ladrar y a dar vueltas.
Todo venía funcionando bien, el sol nos entibiaba parejo. El barrilete subía,
subía. Comencé a entusiasmarme. Se hacía cada vez más pequeño. Me paré junto a
papá y me quedé mirando la comba que formaba el hilo desde su mano hasta el
barrilete. Había que soltarle piolín. Por momentos parecía bambolearse un poco,
después se acomodaba. Tomá, tenelo vos, me invitó papá. Sentí la fuerza del
viento en mis dedos. Tirale un poco, tirale un poco, escuchaba a mis espaldas.
Dolor en la mano, ese barrilete podría llevarme; sus flecos agitándose allá
arriba repercutían en todo mi cuerpo. De pronto dejé de verlo, parecía haberse
sumergido en la luz, dejándome a la vista sólo una parte del piolín tirante.
Entrecerré los ojos, buscándolo en el viento. Invisible en el cielo, tironeando
de mí. No le aflojés, no le aflojés, la voz de papá a mi espalda, el perro
ladrando alrededor. Sin entender por qué, el barrilete comenzó a sacudirse y me
asusté. Dejámelo, dejámelo, la voz crispada de mi viejo. Tomó el ovillo de hilo
y comenzó a recoger con apuro. Entonces vi cómo el barrilete giraba alocadamente
e iba perdiendo altura. Tiene la cola mal balanceada, escuchamos. Era un
muchacho de unos catorce o quince años, el pelo amarillento quemado por el sol,
mirada indolente, medio cigarrillo en la boca. La cola está mal balanceada,
aseguró, las manos en los bolsillos. Papá lo miró con fastidio, mientras el
barrilete caía irremediablemente y se estrellaba en el césped, varios metros
más allá. El chico dio la vuelta y se alejó sin sacar las manos de los
bolsillos. Imaginé que silbaba. El perro lo miraba y me miraba, como si
estuviera a punto de decidir algo importante, hasta que al fin se me acercó.
Mientras tanto papá lidiaba con los últimos metros de piolín que se le habían
enredado. El barrilete no había sufrido demasiados daños.
Atravesamos el parque de vuelta
a casa. El perro nos acompañó con cierta alegría. Yo no entendía el enojo de
papá, como si se hubiera caído algo más que sólo un barrilete. El perro no se
animó a cruzar la calle que nos separaba de casa. Me lo quedé mirando desde la
otra vereda. Mejor así, mejor así, dijo papá, con su mano en mi hombro.
primavera
de 2m12.

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