domingo, 15 de noviembre de 2015

Vientos, de Jorge del Rio


VIENTOS

Jorge N. del Rio

 

Habrán sido dos días de preparativos. Me quedaba mirando a papá manipulando papeles de colores. Lo veía abriendo con un cuchillo las cañas huecas que había conseguido. Las abría a lo largo, quedaban entonces unas varillas muy delgadas y livianas. Extendía papeles —celeste, blanco, algún rojo pálido—, piolines y trapos. Desconfié un poco del engrudo; el agua y la harina me resultaban más apropiadas para la cocina que para la aeronáutica. Si bien yo no le había pedido un barrilete, me gustaba la idea. Mi viejo siempre se adelantaba a mis deseos, como si de esa manera me obligara a tenerlos. Noté que se complicó con el asunto del aparejo. Había una triangulación de piolines y nudos que no terminaba de quedar bien. Después hizo girones con una sábana vieja y fabricó la cola. Al fin se lo notó satisfecho. Me gustaron los flecos de papel, algunos en tiras, otros en forma de aletas con un rombo recortado al medio.

Una mañana salimos al parque. Sábado. El cielo era una cúpula celeste, inmaculada, abrigadora. Toda una travesía. Había que llegar a la zona descampada, junto a la avenida General Paz, donde los fines de semana el cielo se llenaba de barriletes. Pero ese sábado no había nadie. Me quedé mirando todo lo que nos rodeaba. El descampado era un gran espacio verde que crecía en los confines del parque, limitado a un costado por un barrio de chalets parejos al que muchos llamaban Barrio Perón. También yo, alguna vez, lo había nombrado así y mi viejo enfureció: “Saavedra, el barrio se llama Saavedra”, me increpó. El descampado terminaba en la avenida, de la que lo separaba una hilera horizontal de troncos ennegrecidos, a baja altura, apenas hasta mis rodillas. Me gustaba sentarme ahí a ver los autos pasar; también, de a poco, me iba animando a caminar haciendo equilibrio sobre esos troncos.

El barrio innombrable se veía en casi toda su extensión. Frente a una gran plaza circular estaba la escuela. Era inmensa, de dos o tres plantas, ocupaba más de una manzana. Allí había hecho el jardín de infantes. Lo recordaba como algo lejano. Me di cuenta de que ya era dueño de un pasado. Papá hacía los aprestos con el barrilete. Me quedé pensando en lo que había visto un rato antes en un paredón, mientras veníamos: el perfil de un rostro pintado con brea, junto a una “P” y una “V” superpuestas. Al otro extremo del paredón habían escrito con otra pintura: “Vote Frondizi”. Le pregunté a papá qué significaba eso, ya que hacía poco había aprendido en la escuela que bote se escribía con b de bueno. Me respondió en un tono confuso y ofuscado; parecía que lo enojaba todo lo que no fuera el barrilete. De algún lado apareció un perrito con cara de atorrante que se sentó cerca de nosotros y se puso a mirarnos atentamente. La mañana relucía sobre el césped y hacía resaltar los contornos de los monoblocks que se agolpaban al otro lado de la avenida. Supuse que esos edificios, así apretujados en la desolación de la llanura que se desplegaba desde allí al infinito, tenían alguna relación con los chalets de este lado. Seguramente también tendrían un nombre pero preferí no preguntar. Decidí en cambio bautizar al perro que nos miraba atentamente. “Colita” era un buen nombre, que iba de lo más bien con su rabo recortado. Le asigné el nombre en silencio, ya que sabía de antemano que no me lo podría llevar a casa y no quería encariñarme demasiado. La brisa de comienzos del otoño agitó los flecos del barrilete mientras papá terminaba de acomodar los tiros y la cola de trapo. Lo puso de cara al viento, tironeó del piolín, ensayó una leve corrida que me pareció un poco ridícula y el barrilete comenzó a elevarse. Se lo veía contento a papá. Colita se levantó, comenzó a ladrar y a dar vueltas. Todo venía funcionando bien, el sol nos entibiaba parejo. El barrilete subía, subía. Comencé a entusiasmarme. Se hacía cada vez más pequeño. Me paré junto a papá y me quedé mirando la comba que formaba el hilo desde su mano hasta el barrilete. Había que soltarle piolín. Por momentos parecía bambolearse un poco, después se acomodaba. Tomá, tenelo vos, me invitó papá. Sentí la fuerza del viento en mis dedos. Tirale un poco, tirale un poco, escuchaba a mis espaldas. Dolor en la mano, ese barrilete podría llevarme; sus flecos agitándose allá arriba repercutían en todo mi cuerpo. De pronto dejé de verlo, parecía haberse sumergido en la luz, dejándome a la vista sólo una parte del piolín tirante. Entrecerré los ojos, buscándolo en el viento. Invisible en el cielo, tironeando de mí. No le aflojés, no le aflojés, la voz de papá a mi espalda, el perro ladrando alrededor. Sin entender por qué, el barrilete comenzó a sacudirse y me asusté. Dejámelo, dejámelo, la voz crispada de mi viejo. Tomó el ovillo de hilo y comenzó a recoger con apuro. Entonces vi cómo el barrilete giraba alocadamente e iba perdiendo altura. Tiene la cola mal balanceada, escuchamos. Era un muchacho de unos catorce o quince años, el pelo amarillento quemado por el sol, mirada indolente, medio cigarrillo en la boca. La cola está mal balanceada, aseguró, las manos en los bolsillos. Papá lo miró con fastidio, mientras el barrilete caía irremediablemente y se estrellaba en el césped, varios metros más allá. El chico dio la vuelta y se alejó sin sacar las manos de los bolsillos. Imaginé que silbaba. El perro lo miraba y me miraba, como si estuviera a punto de decidir algo importante, hasta que al fin se me acercó. Mientras tanto papá lidiaba con los últimos metros de piolín que se le habían enredado. El barrilete no había sufrido demasiados daños.

Atravesamos el parque de vuelta a casa. El perro nos acompañó con cierta alegría. Yo no entendía el enojo de papá, como si se hubiera caído algo más que sólo un barrilete. El perro no se animó a cruzar la calle que nos separaba de casa. Me lo quedé mirando desde la otra vereda. Mejor así, mejor así, dijo papá, con su mano en mi hombro.

 

 

primavera de 2m12.

 


 

 

 

 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Este día


 
 
ESTE DÍA
 
Llega temprano. Como siempre pero un poco antes. Es su último día en el banco. Se jubila. Falta más de media hora para que lleguen los clientes. Acomoda los papeles, verifica la caja, enciende la computadora, manipula el lector de barras. Sabe muy bien cómo funciona todo eso pero aun así todavía recela, él aprendió este trabajo con artefactos mecánicos y ruidosos, éstos en cambio nunca avisan cómo van a reaccionar. Mira los grandes ventanales que dan a la plaza, el salón vacío a través del cristal que lo separa de la gente, con ese orificio a la altura de los ojos que provoca una leve distorsión cuando mira a través de él, similar a los ingenuos trucos de las películas mudas que veía de chico en el cine de su pueblo. Se palpa el pelo blanco, muy corto y prolijo, el pequeño bigote semejante a un cepillo de dientes, y después cruza sus cortos dedos sobre el mostrador. Así se dedica a esperar. Algo debería suceder. Agradece que sus compañeros estén llegando en silencio, seguramente ya habrán planificado su despedida para el final de la jornada.
Espera, las manos cruzadas. Se tomará algunas revanchas. La luz que enmarcan los ventanales ya anuncia la primavera próxima, aunque alguna nevada llegará para recibirla, se dice, acomodándose el nudo de la corbata. Vuelve a cruzar sus dedos sobre el mostrador, que le llega a la mitad del pecho. Su corta estatura y su mirada afable le dan una apariencia juvenil e inocente que le ha ganado el afecto de los clientes. No de todos. El viejo Hansen lo odia, y él a Hansen. Ojalá venga hoy, se dice, apretando sus puñitos regordetes.
Faltan pocos minutos para abrir las puertas y los susurros de papeles, voces apagadas, abrir y cerrar de cajones, se van tiñendo de premura. Hay ojos cansados, hombros caídos, o sonrisas contenidas y miradas brillantes de haber pasado una buena noche, según a quién mire. Sus noches siguen siendo metódicas, la muerte de Ofelia no las ha cambiado mucho, salvo por ese vacío de abismo que ha dejado en la cama, en los estantes del baño, en el ropero. Ofelia y su pañuelo turquesa sujetándole el pelo, el polvo del camino en los pliegues de la ropa después de cuatro días de viaje a bordo del achacoso Dauphine, que había resultado aguantador en el pueblito del que venían pero que aquí, entre el ripio y las trepadas, había estado a punto de desfallecer. El banco nacional que lo había empleado en su pueblo, ese pueblo estampado en la llanura interminable como por casualidad, con su plaza de bordes encalados y tardes mortecinas, lo había enviado, por un tiempito nomás, a este otro pueblo, cercado por montañas y bosques, olvidado por el horizonte. Ya son treinta y cinco años a la sombra de los cerros. Los últimos dos sin Ofelia.
Recorre con los dedos algunos cables que reptan por el mostrador y que interconectan la computadora con el lector de barras o la timbradora, como tanteando si corre algo de vida dentro de ellos. Activa el teclado, ingresa su contraseña, mira el reloj, faltan dos minutos. Podría alterar un poco los archivos del disco rígido tal como le enseñó a hacerlo Iñaki, el técnico de sistemas, que ahora cumple una pena de cárcel por hacer justamente ese tipo de cosas con las computadoras de la gobernación. Sería una travesura de despedida, una manera de comenzar la jubilación con una sonrisa, como la que se le está dibujando en este momento, chiquita, apenas perceptible bajo los bigotes, más visible entre sus pestañas. Como aquella, por ejemplo, en su pueblito, cuando logró abrir la rocola de la única confitería y alterar la disposición de los discos de vinilo. Fue un gran revuelo, querían twist y salían boleros o carnavalitos, seleccionaban rocanrol y aparecían tangos rantes. Los reclamos al dueño del local derivaron en trompadas y sillas voladoras. Él, de pantalones cortos, escondido en uno de los baños, con la puerta entornada, disfrutaba de la batahola. Ahora la sonrisa le mueve un poco más el bigote. Al fin Braulio, el ordenanza, que también se jubilará pronto, abre la puerta del banco por la que entran los primeros clientes, casi todos jubilados. Se pregunta si al mes siguiente también él será uno de ésos, tan madrugadores, o si acaso se demorará hasta el mediodía, leyendo meticulosamente el diario en el café de la esquina. Vuelve a tocar uno de los cables sobre el mostrador, uno que está enrollado en espiral, como un resorte, que va de un aparato a otro. Parece una cadena, se dice, la cadena que me supe conseguir.
   Piensa en Hansen. Desea que ese hijo de puta aparezca este día, justo este día, mirarlo a los ojos, y sin dejar de mirarlo, cuando Hansen le acerque la papeleta de siempre para esa transacción de siempre, él, sin dejar de mirarlo, apretará simultáneamente los tres botones del teclado, sonriendo sólo con los párpados, torciendo esa transacción habitual, o mejor, desviándola hasta que se pierda en las oscuras e intrincadas cavernas de los cables espiralados y las fibras ópticas y los circuitos integrados. Hansen se dará cuenta en el momento y no podrá hacer nada para evitarlo, le subirá la presión arterial hasta lo inaguantable, sucumbirá ahí, tras el cristal del mostrador, aferrándose con dos dedos al pequeño orificio en el vidrio, mirando esa sonrisa bajo los bigotitos.
Espera a Hansen.
Aparece doña Elvira. La ve entrar, saludar al policía de guardia y venir con su paso vacilante, precedida por el reflejo turbio que su figura refleja en el piso de mosaicos encerados. Ella se dirige directo a él, como todos los meses de todos estos años. Pequeña y encorvada, con su tapado color nuez oliendo suavemente a naftalina y a humo, la cara arrugada como un bollo de papel de seda. Es aún más bajita que él. Sonríen sus ojitos azules. Le alcanza la boleta de la pensión por viudez. Siempre dijo que no quiso aprender a leer porque en su trabajo, en la chacra primero y en la casita del pueblo después, no necesitaba de palabras escritas, aprisionadas en un papel, ella prefería las que flotaban por un momento en el aire y después se iban con el viento; si algunas sobrevivían por más tiempo, eran las valiosas, las otras podían irse nomás. Ella lo prefiere a él de entre todos los cajeros; él siempre, después de leer la papeleta, le paga de más, de su bolsillo, sin que ella lo sepa. No se anima a decirle que ya no estará más detrás del mostrador, que otros la atenderán de ahí en más. Doña Elvira toma el dinero, lo dobla y lo guarda en su cartera de cuero raído. Se va con los mismos pasos cortitos. Antes de salir, junto a la puerta, allá en la otra punta del salón, gira, alza apenas una mano y le dice hasta siempre con la mirada. Él podría jurar que ella ha llorado.
Mientras tanto sus compañeros atienden con el fastidio de siempre, cuentan dinero, miran de reojo los monitores, golpean papeles con los sellos de goma. Ninguno parece interesado en él, aunque sabe que algo estarán tramando, siempre es así con quienes se van jubilando, él mismo ha participado varias veces en esas pequeñas teatralizaciones y chanzas de despedida. Sólo Ernesto, a su lado, de tanto en tanto lo mira con cierta picardía.
Su rutina parece la de siempre, cuando los actos cotidianos se suceden sin percibirlos, ocurren mansamente, como si nada pudiera alterarlos. Pero en la vida aparece un Hansen. Entonces la jodida maldad te reseca el jardín florido. Se tensa, los números del monitor se le nublan, el cliente del otro lado del vidrio lo mira inquieto, él no logra contar bien los billetes que tiene en las manos. Le pide a Ernesto que siga él por favor; va al baño. Vení Hansen, tenés que venir hoy. Se lava la cara, se acomoda la corbata, no tan bien como lo hacía Ofelia todas las mañanas, su rostro bien pegado al suyo, apenas la punta de la lengua asomando entre los labios, la mirada yendo y viniendo desde el nudo a sus ojos, mientras el tiempo marcaba arrugas, embolsaba los párpados, modificaba aromas y él notaba todo eso en ella y sabía que ella notaba lo mismo en él. Entonces se entristecía un poco y buscaba detrás de esa pátina aquel brillo de los ojos, el mismo de aquellas tardes bajo los tilos de la plaza del pueblo aplastado en la llanura. Cada día buscaba ese brillo y lo encontraba, aún en los últimos, cuando las manos temblaban y la tristeza era una tela traslúcida entre sus bigotes ya blancos y aquellos labios que se iban apagando. El último nudo arreglado por Ofelia todavía le oprime la garganta. El espejo del baño devuelve su imagen pequeña, con sus pequeñas manos tapándole los ojos para contener todo lo que pueda salírsele.
El cliente todavía lo espera del otro lado del vidrio. Se ha enterado de su jubilación y quiere despedirlo. Casi todas sus relaciones en este pueblo son así, un nombre, un número de cuenta, algún domicilio, una actividad. Los años no han logrado perforar los tabiques de la intimidad. Y cómo se siente, le pregunta el titular de la cuenta cuatro mil quinientos barra tres. Como un arquero que no sabe por dónde entró la pelota, responde él, intentando una sonrisa. El cliente se va, prometiendo un futuro e improbable vermut.
El sol ya se ha encaramado con firmeza en los ventanales. Por primera vez en décadas desea que esos grandes cristales puedan abrirse para que entre el aire de la calle. Ventanas verticales que llegan hasta el techo, alto y revestido con madera lustrada. Las ventanas se repiten, muy juntas entre sí, a lo largo de todo el salón. Detrás de ellas se ve circular a los automóviles como en un parpadeo de película antigua. Adentro cada vez más gente y él, viéndola a través del orificio en el vidrio, imagina un gran animal de múltiples cabezas y miembros informes desplazándose mínimamente entre las paredes del salón, como un molusco gigantesco. Ya no verá más el salón desde este lugar. No logra definir si eso lo entristece, lo alegra o le es indiferente. Tampoco ha planificado cómo será su retiro, a qué se dedicará; ni siquiera sabe si se quedará en este pueblo. Parece que nada del futuro lo inquietara. Es el pasado lo que se arrastra dentro de él. Aquel día. Aquel día en que amanecieron con la noticia de una presidenta depuesta y militares en la casa de gobierno, allá en la capital, mientras acá en el pueblo los soldados recorrían las calles en jeeps o camionetas. Aquel día él entró al banco como de costumbre, suponía que nada cambiaría demasiado, nunca había entendido bien de qué se trataba el asunto ése de la política, con sus vaivenes, sus luchas, el poder, las ideologías. Así y todo siempre había guardado para sí un íntimo gusto por la palabra libertad. Recatado, tímido, falto de audacia, había sentido simpatía por aquellas personas que se animaban a luchar por ideales. Los admiraba desde lejos, desde su vida metódica y monótona. Sólo una vez, meses antes, a instancias de Gabriel, con quien mantenía una relación amistosa de café los sábados por la mañana, había asistido a una reunión de militantes. Fue esa sola vez. Confirmó que lo suyo era seguir mirando desde afuera. Por eso el estupor cuando lo vinieron a buscar. Fue a media mañana, en el banco, la gente sin animarse a murmurar siquiera sobre lo que estaba pasando; él, como sus compañeros, detrás del mostrador. Vio entrar al grupo de soldados al mando del teniente Ramírez, un mequetrefe. Recordó entonces que alguna vez se lo había dicho en la cara: “mequetrefe”, durante un baile en el salón de los bomberos, tiempo atrás, cuando ese Ramírez le faltó el respeto a una muchacha. Todos habían estado un poco borrachos aquella noche. Y ahora venía Ramírez, más estúpido y prepotente que nunca, cruzando el salón, custodiado por unos soldaditos azorados, a buscarlo a él, a querer llevárselo a la rastra, cosa que él impidió con una dignidad que le salió de las vísceras y que lo hizo caminar erguido entre la gente, con la mano de Ramírez atenaceándole el brazo, pero él erguido, aunque su cabeza llegara apenas al hombro del otro. Ya en la vereda, antes de empujarlo dentro del jeep, Ramírez le había dicho: “Ya tenemos al puto ése de Gabriel”. Se acomodó los anteojos, el vehículo arrancó, y pudo ver en la acera de la plaza el rostro satisfecho y altanero de Hansen, con su sombrero aludo, su saco de pana, sus breeches y sus botas. Y ese decadente porte prusiano. Entonces entendió.
Los recuerdos le vienen en azul y en negro, como si los estuviera escribiendo con diferentes tintas. Hansen que había parecido tan amigable pero que, lo descubrió de un cachetazo mientras veía las calles del pueblo como una ráfaga desde el jeep, algunas veces lo había inquietado con su mirada gélida. Hansen bocón, chivato, carnero o cualquiera de esas palabras que él nunca se hubiera animado a pronunciar pero que entonces, con el jeep enfilando por el camino al regimiento y el codazo de Ramírez aplastándole la nariz y haciéndole saltar los anteojos, le venían desde la boca del estómago. No podía entender los motivos de Hansen, y menos contra él, tan bancario de ocho horas diarias, tan sumiso, tan de “no meterse en cosas raras”, tan de sólo fantasear con aventuras imposibles. Y por una sola tarde, en la que se le ocurrió ir a esa reunión con Gabriel y los otros, más por aburrimiento, curiosidad, o simplemente para sacarse de encima la insistencia de Gabriel. Qué le podría haber hecho él a Hansen como no fuera alguna mueca escondida o una pregunta inocente cuando el tipo se acercaba al mostrador del banco para hacer transacciones a extrañas cuentas bancarias, con esa numeración tan característica de fondos que se movían fuera del circuito comercial. Era entonces cuando Hansen lo observaba a través del orificio del cristal con esa sonrisa amable y esa mirada que parecía calma y transparente pero que, con la frenada del jeep frente a un galpón en los confines del cuartel, se le antojaron amenazantes y premonitorias. Entonces pensó en Ofelia, en quién y cómo le avisaría.
Quiere recordar detalles pero no puede. También quiere olvidarlo todo, pero es imposible. La angustia de Ofelia durante esos días, que él imaginaba o percibía desde el calabozo. Ahora el recuerdo le viene con pormenores que conoció después. Ofelia preguntando, clamando, recorriendo despachos, temiendo, por sobre todo temiendo. Amigos que se desentendieron, funcionarios que se rieron, también algún ultraje. Los puñitos se le cierran sobre el mostrador, una mueca le endurece la cara. El cliente que ahora espera detrás del vidrio lo saca de ese recuerdo tenaza que parece no querer abandonarlo este día. No lo maltrataron, al menos no con la saña criminal con que lo hicieron con otros, como se enteró tiempo después. Lo de él no fue más que una serie apretada de incomodidades: comida escasa y mala, insomnio, olores nauseabundos, las amenazas burlonas y prepotentes de Ramírez. Y el miedo, que fue algo más que una incomodidad. Ofelia le dijo que fueron tres días; él no pudo más que aceptarlo, si para él esos días estuvieron fuera de todo tiempo. En el recuerdo de ahora, inundado por la luz que viene de los ventanales del banco, está la imagen de Ofelia esperándolo en la puerta del cuartel, con la carterita en la mano, la inquietud en el gesto. El abrazo de Ofelia, el de él a Ofelia, los pechos apretados, ansiosos, las manos de él reconociendo nuevamente esa espalda de nube, mullida, cálida, que temblaba.
Los ojos se le empañan; le pasa una franela al vidrio del mostrador. Hansen tiene que venir este día. Siempre soñó con ser alto, fuerte y musculoso para romperle bien la cara a ese alemanote que tanto lo ha jodido. Pero todo fue diferente. En el banco lo recibieron, después de aquellos tres días, como si nada hubiera pasado. Hansen siguió yendo para sus transacciones, él apenas lo miraba. Como si nada hubiera sucedido. El silencio lo opacaba todo. Apenas, como una burda revancha, unos años después, Ramírez murió acuchillado en una pelea de borrachos. Siempre fui un cobarde, se dice. Hoy no, se dice. Alguna vez tendrá que ser, también se dice. Mira la hora. En cinco minutos cerrarán. Sus compañeros ya intercambian gestos cómplices más abiertamente, como ya degustando el homenaje que le harán. Pasaron más de treinta años. Y Hansen no viene.
Los últimos clientes dejan el banco. Escucha con nitidez el ruido de los cerrojos de la puerta principal. Apaga los aparatos, cierra con llave la caja. Este día no hará el arqueo, se lo perdonarán. Ya ha pasado el mediodía y la calle se vacía. Escucha sus pasos sobre el mosaico del salón desierto. Escucha el rumor de voces alegres desde las oficinas. Se acerca a los ventanales, mira las ramas de los árboles de la plaza recortándose contra el cielo azul. Afina la mirada y descubre los brotes recientes. Pasa una mujer, un perro, un chico en patineta. Se afloja la corbata. Cruza las manos, esas manitos, a su espalda. Leve, imperceptible, como si se diluyera en la luz de la ventana, se encoge de hombros.
 
 
invierno de 2m12
 
 
 
 

lunes, 9 de noviembre de 2015

 Pueblo de paso
 Lo recuerdo así. Simplemente con su nombre escrito en el bolsillo del bleizer azul, con un marcador de precios que imprimía las letras blancas sobre un fondo celeste. Al tiempo se ajaba, pero nadie notaba las ajaduras, y casi todos los muchachos  de la escuela lo lucíamos de igual manera. Así lo recuerdo, tratando de entrar al baño después de trasponer el largo pasillo sembrado de varones del último año, que pedían cigarrillos para garantizarte una meada segura sin complicaciones ni malos tratos. Simplemente un cigarrillo y pasabas saludando a los más grandes del colegio, ante la admiración de pares y demás compañeros.
El gordo de cuclillas en el retrete no evacuaba sino después de dejar su marca en la madera raída del cubil, Perón Vuelve, o la sigla del E.R.P dentro de la estrellita de cinco puntas. Uno podía adivinar, entre otros indicios, que el gordo había estado allí. El humo del cigarrillo, el olor del tabaco negro, su cuchillita rascando su paso a la posteridad en un anuncio tibiamente político y claramente rupestre.
La puerta de ese baño es el resquicio que estoy esperando. ¿Cómo escapar de todo eso que ya ocurrió? Que es como cambiar la historia. Que inútil me siento frente a esa puerta abierta que me invita al retrete del pasado.
Entro, él no me advierte. Me quedo viéndolo. ¡Qué desagradable lugar por donde entrar a la historia! Pero allí estoy tras sus espaldas casi descubiertas haciendo pie en el inodoro turco, por suerte está limpio, tal vez sea lunes en el recuerdo. El gordo escribe con un fibrón negro Más vale morir de pie que vivir de rodillas.  Es una frase del Che, hoy lo sé, y el Che me tira una sonrisa fresca desde el cuadrito en la pared por encima de mi pantalla. Pero no lo sabía entonces, en mi imagen, el gordo sí lo sabe.  Me río, el gordo no escucha mi risa, nos separan cuarenta años. Mi risa es estúpida, me río porque el gordo Sierra se presentó en la memoria casi arrodillado y escribiendo con el culo al aire. Salgo del cubil, él tampoco lo advierte. Teníamos quince años cuando lo vi, casi por última vez.
Mis padres se separaron, y nos vinimos al interior con mi madre y mi hermano bebé. Muchos de nosotros vivíamos caminando en el filo de una olla en ebullición, al irme fue como saltar fuera de la olla, para los que se quedaron fue como saltar hacia adentro. El gordo Sierra está muerto, yo peleo conmigo tratando de escribir.
Hay poco margen en el relato para los demás recuerdos, las mujeres, la política, la música, la familia. Pero igual quiero tomar notas de algunos destellos, que se acercan solos al mar inmenso de la hoja blanca de mi computadora.
Lucía. Una sonrisa asequible, una bella suavidad en sus manos y en su piel, que quedaron para siempre en mí. Qué buena información me había ganado con unos poemas escritos por encargo, no sé para quién. Tenía esa facilidad por entonces. Desde el balcón del patio me señalaban a una muchacha,  la observaba y le inventaba un mundo de palabras cursis que generalmente tenían un éxito asegurado para quién las enviaba. Esto ya se sabía entre los más cercanos compañeros, y no po-día divulgarse demasiado porque la fama tiene sus ventajas y sus riesgos. Alguien me pagó esta vez no con cigarrillos sino con la data de Lucía. Y esto resultaba una invitación para alternar tanta masturbación con algo más real que el esfuerzo de la imaginación, y la posibilidad de quedar ciego, como amenazaban los adultos al referirse al tema del onanismo adolescente.
Lucía estaba inventariada entre abetos, pinos y paraísos, del bosquecito de un barrio residencial al que se accedía caminando unas diez cuadras desde la escuela. Su entrega no tenía ningún interés material. Si encontraba en uno algo que le agradara su risa aparecía como un gesto de aceptación, era la primera puerta que se abría. La recuerdo con fidelidad como recuerdo mis rodillas que flaquearon de temor. Ella me tomó de la mano y habló varios minutos para cubrir el silencio de mi timidez.
-Así que sos poeta. Dijo, y hoy me parece que la escucho, sin esperar respuesta después de algunas cuadras de caminar en un monólogo autorreferencial, indiscreto y muy excitante. Mi mano solitaria transpiraba gotas que caían en la vereda, regando esa tarde acalorada de primavera. Los árboles frutales estaban florecidos, rosas y blancas las pequeñas florecillas de las copas, nos acompañaron hasta entrar en un barrio de calles circulares, con casas enormes rodeadas de ligustros. En los terrenos que no estaban edificados se veían angostos senderos que se perdían en montecitos frondosos que oscurecían la siesta. Prácticamente no había hablado nada, ni una palabra pude articular hasta que nos sentamos en un tronco.
—No me recitás una poesía. En un tono diferente su pedido se volvió un lugar seguro para mí. Y empecé con Martí sin esperar que lo conociera, y mucho menos que le gustase. Ella me hizo recordar unos versos que trataba de memorizar en esos días.
                        - Mi vida así se encamina/ al cielo limpia y serena/ Y tú me cargas mi pena/ Con tu paciencia divina./ Y porque mi cruel costumbre/ de echarme en ti te desvía/ de tu dichosa armonía/ y natural mansedumbre./ Porque mis penas arrojo/ sobre tu seno, y lo azotan/ y tu corriente alborotan,/ y acá lívido, allá rojo.
No esperé reacción alguna, más bien el mismo silencio que a mí me causaba el verso intrincado del cubano. Sin embargo una lágrima le recorrió la mejilla, yo acerqué mis dedos para secarla y luego probé su sabor salado. Ella tomó con sus dos manos mi mano, que se había quedado pegada sobre mis labios, y la llevó directamente hacia su pecho firme, y redondeado, sobre una camisa oscura de pequeños botoncitos que rápidamente desprendió mientras me miraba. Yo estiré mi saco azul sobre la hierba, en el espacio vacío entre un pino gigante y el tronco caído, en el que nos habíamos sentado. Me buscó la entrepierna con una mano pequeña de dedos largos, delgados, y tibios. Cuando solté mi cinturón y desabotoné mi pantalón de sarga gris, ella se quitó la bombacha y levantó su pollera de jean contra el vientre. Todo fue una invitación, sus brazos estirados, sus piernas entreabiertas apenas flexionadas; fue tan sencillo luego. Un lento jadear, y su voz muy cerca de mi oreja diciendo, quereme poeta, quereme siempre.
Por esos días tenía en el bolsillo un pequeño libro de tapas negras titulado Martí y la primera revolución cubana, era un compilado de cartas y poemas que se había editado en la isla. El gordo Sierra me lo había dado, mi madre lo descubrió tempranamente antes de que pueda terminar de leerlo y lo hizo desaparecer, lo exilió de mi vista, de mi alcance. No tuve noticias de él hasta bien pasada la adolescencia. Eran tiempos difíciles para las ideas, y en mi casa no se habían caracterizado por el compromiso político, ni por la lucha social.
Mi padre era el típico obrero de fábrica afiliado al gremio de los metalúrgicos, porque a nadie se le ocurría no estarlo, obviamente peronista. Cuando Perón volvió al país casi dos millones de personas fueron a esperarlo. Los sindicatos llevaban ómnibus cargados de obreros, literalmente levantados de las fábricas y de los talleres. El petizo y miles de trabajadores más, nunca llegaron  al aeropuerto, el sonido de los tiros de pistolas y ametralladoras  fue lo más cercano que estuvo de aquel suceso, de la manera que pudo llegar a casa casi un día después de una jornada obligada. Nos contó cómo lo subieron al colectivo sin preguntarle si quería ir a recibir al líder de las masas, y cómo se había escapado del puente antes de entrar en la autopista. Esta era su segunda gran hazaña por la cual siempre fue peronista. La primera era haber recibido de las propias manos de Eva, una pelota de fútbol número cinco,  siendo apenas un niño. El viejo todavía cuenta esta anécdota con los ojos cargados de lágrimas, con los años se le han agregado un temblor de pera y la voz entrecortada. No hace mucho tiempo volvió a repetir el relato para los nietos que aún no lo han escuchado más de dos o tres veces.
-Evita estaba hablando desde la ventanilla del ferrocarril, aquí cerca entre las dos estaciones. Mi viejo levanta el brazo y señala con el dedo el lugar exacto entre su memoria y el olvido,  el punto imaginario donde conoció a la mujer más importante de su vida y continúa su historia.
-Evita hablaba, y un hombre de traje negro detrás de ella le pasaba una a una las pelotas que entregaba a los niños, y yo no recibiría nada porque no llegaba ni al estribo del tren, ni me vería por mi tamaño, ni me escucharía por la gritería de la gente. Para esta altura de la narración, el recuerdo de mi viejo ya estaba humedecido por las lágrimas que cayeron sobre la mesa.
-Y vos petizo, no querés una pelota. Cuenta la anécdota que estas fueron las palabras de Eva que lo rebautizaron, y lo hicieron peronista para toda la vida.
Mi madre por el contrario tenía todos los gestos de la clase media, media gorila, media reaccionaria, media democrática. Arrastraba una vivencia contraria a la de mi padre, respecto del peronismo. Ella debió usar el luto obligatorio después de la muerte de Eva. Era escolta en sexto grado de la escuela primaria, y cuando falleció la abanderada de los humildes, le impusieron un crespón negro en la escarapela que se negó a usar. Por lo que  cuenta, su padre el gran Jerónimo, la respaldó en su decisión. No acompañó a la bandera, y el resentimiento le quedó hasta hoy. En mi niñez, después de alguna travesura que provocaba un reto de su parte, o una prohibición, o alguna forma de sanción yo respondía con un grito del otro lado de la mesa que la exasperaba.
Viva Perón!- A tan fuerte voz gritaba que antes de perseguirme corriendo, miraba por la ventana a ver si alguien había escuchado la palabra prohibida.
Viva Perón! — Yo volvía al ataque, hasta que se calmaba, se reía o me alcanzaba con un zapatillazo por el cuerpo. Decir Perón para ella era como decir un insulto. Y jamás lo hacía. Por otro lado el nombre del tirano abyecto, como lo llamaba la prensa reaccionaria, no podía decirse públicamente, especialmente durante los gobiernos militares de mi infancia.
Los levantamientos, las asonadas, los golpes militares se amontonan en mi memoria. En algún momento comencé  a  sentir en carne propia lo que nadie hablaba en mi casa.  Y si miro con detenimiento todavía puedo ver, entre las casas y edificios del barrio, aquel potrero como fragmentos del miedo silencioso de esos años. Y veo en el fondo del campito donde jugábamos todos los días con los chicos, allí, en el mismo lugar donde los más grandes nos convidaban cigarrillos y los más pequeños construían casamatas con ramas, ardía un fuego que producía un humo negro. El color gris plomo de ese humo se mezclaba con las plantas de caquis.
Junto al tronco caído que usábamos como banco estaba el profesor que vivía casa de por medio de la mía. Lo reconocí por la ropa de jean. Aunque estaba muy distinto sin la barba, lo reconocí inmediatamente. Antes, tenía la cara cubierta de pelos rulientos y muy negros. Pero entonces, daba la impresión de haber metido la cabeza en un balde con lavandina.
Mi papá decía que el que tiene pelos en la cara tiene pelos en el alma.
Resistí la tentación de correr hasta la fogarata, como decíamos en el barrio, pero a medida que cruzaba el potrero, me preguntaba si el profesor desearía compañía. Resolví rápidamente. Busqué un buen ángulo para observarlo y me senté junto al primer arco.
El hombre se acercaba de a ratos para alimentar el fuego con libros: libros gruesos y delgados, de tapas duras algunos. A todos los desgajaba como a naranjas y los sostenía de un extremo, hasta que tomaban llama propia. Entonces, los dejaba caer hasta el centro de la hoguera que tanto me atraía.
Tratando de dar respuesta al interrogante principal que me obligaba a quedarme allí, viendo a ese tipo que hacía fuego, se cruzó en mi memoria la imagen de cuando los militares rodeaban la manzana con camiones y camionetas. Había tantos soldados como en los desfiles de las fiestas patrias, entraban en las casas, una por una.
Mi tía Juana, que vivía a la vuelta de la esquina, descolgó la foto de Perón en el caballo pinto que tenía  en el muro de la cocina, porque se preguntaba desde que derrocaron a la perona, como le decía a Isabel, si valía la pena comprometerse tanto, teniendo al general en ese cuadrito. Nos dijo, luego, que la gritería de los vecinos y los ruidos de los soldados, hizo que se resolviera rápidamente, y lo quitara dejando en esa pared sólo el clavo, y un recuadro de mugre y tiempo. No sabía qué hacer con él y lo primero que se le ocurrió fue ponerlo en la heladera tapado con una servilleta, como si fuera un pastel.
Su aventura había tenido buen término.
De pronto, encontré mucha relación entre el profesor que quemaba los libros y la imagen de Perón enfriándose entre frutas y carnes.
En ese mismo baldío, años después, volví a ver al gordo Sierra. Me avisaba que no desertaba de la lucha sino que se prepararía para volver en un tiempo, me mostró su pasaporte que un familiar le había ayudado a conseguir, si te animás me venís a despedir a Ezeiza, me dijo, sino está  todo bien igual, no es necesario que corras riegos, por otro lado uno de los dos tiene que salvarse, por ahora soy quien se va, pero voy a esperarte donde vaya, y te escribiré y haré lo necesario para que puedas salir y volver conmigo heroicos. Me habló con aquellas mismas palabras que tallaba en los retretes, y que hoy vuelven a sonarme a evocación, con ese idéntico sabor agridulce que tienen el amor, la amistad y el pasado.
Claro que fui al aeropuerto internacional esa mañana, pero no vi a Daniel Sierra, sino a Lucía, quién en un primer momento no me reconoció. La vi primero frente a la ventanilla de embarque, luego por los pasillos que conducen al ascenso, pero esta vez me miró, y creo que me vio, o nuevamente me arrojó esa muy leve y sencilla sonrisa de aceptación algunos años después de la primera vez. Lucía se iba a donde yo no iría jamás, aunque fuera el último refugio del mundo. Ella se marchaba y nada tenía que ver con lo que ocurría. El gordo nunca apareció, no abordó su avión, no llegó para el despacho de sus maletas, ni sus maletas, ni él. No llegó para despedirse de mí. Y me volví esa noche con una sensación de soledad que hoy vuelve por ese mismo resquicio por el que entraron el miedo y el amor.

Lucía vive en el gran país del norte, Daniel engrosa, esa insondable lista de desaparecidos, y yo vivo en este, mi pequeño y para siempre, pueblo de paso.

Ricardo Di Mario